El otro fin de la historia

Francis Fukuyama dijo en 1992 que la historia se terminaba ahí. Lo dijo porque era un neoliberal convencido, en plena euforia por la desintegración del bloque comunista, y porque estaba encantado de conocerse. Se refería a que el capitalismo democrático neoliberal1 era el sistema de gobierno “refinitivo” y, por tanto, haría innecesarias las ideologías (lo que se denominó “pensamiento único”) y todas las revoluciones por venir, dando así fin a la historia concebida desde el criterio de Karl Marx. También tuvo narices para situar a EUA como “refinitiva” realización del sueño marxista de una sociedad sin clases. Fetén2.

Es evidente que tan ufana proclama ha quedado en el ridículo más absoluto. Sin embargo, durante un tiempo yo también creí que habíamos llegado al fin de la historia, pero por otros motivos. Luego me dí cuenta de que las generaciones venideras no tienen por qué ser necesariamente tan estúpidas como las actuales, y no tienen por qué renunciar a sus propias revoluciones. También me he dado cuenta de que, aunque nosotros hemos desperdiciado nuestros derechos y nuestra privilegiada posición al cabo de la historia, no por eso vamos a ser tan consecuentes como para renunciar a las revoluciones. Si no lo hemos sido para todo lo demás, ¿por qué íbamos a hacer una excepción en esto?

Bueno, paso a explicar mis motivos para haber fantaseado con el fin de todas las revoluciones.

Tras la 2ª guerra mundial, ya hartos de matarnos, fueron llegando a Europa (excluyendo tanto el extremo Este como el Oeste) los siguientes elementos:

  • democracia y la estabilidad política
  • estabilidad económica
  • anti-concepción fiable y, con ella, planificación familiar
  • educación básica universal obligatoria y gratuita. Y, supongo que en todos los países del “primer mundo”, la secundaria y profesional, también universal y gratuita. En muchos de esos países también había formación universitaria universalmente asequible, o incluso gratuita.

La consecuencia de esto fue el crecimiento de la clase media hasta situarse como el grueso de la población. La situación era buena, bastante buena. Y, sobre todo, era la mejor base para ir a mejor.

Entonces … nos vinimos arriba.

Y nos olvidamos de lo mal que lo habían pasado tan sólo una o dos generaciones antes. Lo importante se convirtió en plasta, y lo banal en imprescindible. Ser ignorante era guay. Despreciamos la educación y la formación, especialmente la formación como personas, y adoramos la televisión, que se convirtió en una nueva deidad (eso fue lo que hicimos con algo tan bueno como el fin de la imposición religiosa).

Pensamos que todos podíamos ser ricos, o parecerlo, y que ese era el secreto de la felicidad. Queríamos nuestros 15 minutos de fama (que la devaluación de la fama y el prestigio rebajó a sólo 5). Nos apuntamos a modas. Banalizamos las artes y la espiritualidad.

Perdimos todo criterio, si es que alguna vez lo habíamos tenido. Nos entregamos con deleite a los pelotazos, primero, y a los burbujazos, después.

Y ahora nos encontramos con que las burbujas estallan, las economías no pueden crecer infinitamente en un universo finito (como tampoco pueden hacerlo las poblaciones, ni nada en realidad), y los pelotazos son los de las fuerzas anti-disturbios.

Nos encontramos con que los políticos nos torean como si fuésemos analfabetos “sin cepillar”, y nosotros, haciendo gala de esa capacidad de análisis que nos caracteriza, en lugar de responsabilizarnos de pensamiento y obra al votar, al consumir, al informarnos y al opinar, culpamos de todo a los políticos, seguimos con los mismos métodos de opinión y protesta de cuando la dictadura y devaluamos la democracia.

Quizá, sobre todo, nos encontramos con que no podemos ser ricos todos, porque serlo todos es igual que no lo serlo nadie; y eso no va a poder ser, porque los ricos quieren seguir siendo ricos. Así que, mientras no renunciemos al sueño de ser ricos, seguiremos siendo pobres.

Pues eso, que habíamos llegado a ese punto que dimos en llamar “estado de bienestar”, que pudo ser el fin de la historia, puesto que teníamos la posibilidad de cambiar a los gobernantes (administradores, no líderes al estilo épico-bélico) cuando no hiciesen bien su trabajo; podíamos tomar esa decisión con criterio gracias a nuestra formación, y gracias a la libertad de información; y podíamos quejarnos gracias a la libertad de opinión (aparte de la libertad de voto). Por tanto, ¿cómo íbamos a necesitar más revoluciones? Es más: si desaprovechábamos esa oportunidad histórica, ¿cómo íbamos a tener morro bastante para hacer una revolución?

Luego me dí cuenta de que las generaciones venideras no tienen por qué heredar esa pérdida del derecho a revelarse, porque no tienen la culpa de nuestra miopía. Ya tendrán ellos sus propias culpas.


Notas

1 Tiene miga el término este, neoliberal. Entonces, los neoconservadores deberíamos ser los que abogamos por la conservación del medio ambiente, no los que así se auto-denominan, que no creo que tengan nada de neo.

2 En realidad el tal Fukuyama no parece muy mal tipo; aparentemente, creyó de verdad en el sistema neo-liberal, y luego dejó de creer, si no en la ideología, al menos sí en el movimiento. Pero no está de más añadir que antes de eso le dio tiempo a firmar una carta conjunta instando al infame Bush Junior a invadir Iraq, no sé si en nombre de la democracia o del neoliberalismo y el comercio libre (y ventajoso para EUA, claro).

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