Nunca antes

De un tiempo a esta parte vengo insistiendo en que vivimos tiempos únicos y extraordinarios, para bien y para mal. Dejando a un lado la gracieta de que se está muriendo gente que nunca se había muerto, tenemos situaciones tan asombrosas como estas:

  • Somos una plaga. En 2011 alcanzamos la cifra global de 7.000 millones de humanos vivos. También por primera vez, la mitad (o casi) de toda esa gente vive en ciudades; y en un futuro no muy lejano podría suceder que, por primera vez en la historia, se revierta la tendencia, con el flujo de salida de la ciudad al campo superando al flujo contrario.
  • Por primera vez en la historia tenemos la posibilidad real de cargarnos el planeta. Ya sé que hay quien no se lo cree, pero, y sólo por dar un ejemplito: según FACUA, los 20 países más ricos del mundo han consumido en el siglo XX más naturaleza, es decir, más materias primas y recursos energéticos no renovables, que toda la humanidad a lo largo de su historia (prehistoria incluida).
  • Supongo que ya habréis oído alguna vez lo de “nativos digitales” y “colonos digitales”. La irrupción de las TIC en nuestra civilización ha dado lugar a un cambio de era (de la que egocéntricamente llamábamos “era contemporánea” hemos pasado a la “era digital”) y, entre otros factores, también ha dado lugar, por primera vez en la historia humana, a una ruptura en la transmisión de experiencia y conocimiento de los mayores a los menores: a los nietos no les sirve casi nada de lo que sus abuelos puedan enseñarles.
  • Estamos, hoy como nunca antes, ante la posibilidad de renunciar a los liderazgos y los gobiernos, alcanzando al fin la anarquía en sentido positivo, es decir: ausencia de gobierno, sin que eso signifique caos. Se puede hacer gracias a Internet y la democracia directa digital, y sólo se puede hacer ahora, antes de que los poderes en la sombra o en la luz y el perceptible ascenso de la ultra-derecha dé al traste con este momento, casi tan único como la primera palabra escrita.

Pero, quizá sobre todo, ésta es una época de confusión: ya no somos animales, pero apenas hemos aprendido a ser personas. Donde los instintos ya no ayudan, los dogmas –políticos, religiosos y de toda índole– tampoco ofrecen gran ayuda. En particular, los dogmas religiosos demasiado han tratado de “ayudar” ya, queriendo acallar las voces ancestrales de nuestro interior y tratando de utilizar y gobernar nuestros miedos e impulsos. Han conseguido que confundamos nada menos que la religión con la espiritualidad; error tan grande como extendido, y poco revisado, pues la actitud más habitual de los que rechazan la religión es rechazar también la espiritualidad. En parte por eso se mantienen irreconciliables ambas posturas.

Desde que dejamos de ser bestias, pocas veces hemos sido tan libres. No es raro que no sepamos convivir, con nosotros mismos y con los demás. Hemos conquistado la longevidad y aún no hemos aprendido a gestionar todos esos años de vida “extra”. Apenas ahora empezamos a intentar entender y conseguir la felicidad, que venimos confundiendo con la alegría, o hasta con la euforia.

Algo muy parecido nos pasa con el amor: guiados por una cultura de música pop y comedias románticas, de tabúes religiosos, de restricciones e inspiraciones sociales, mezclamos pasión, sexo, enamoramiento y matrimonio, nos auto-imponemos una monogamia, única entre los mamíferos superiores, que sólo nos satisface porque la asfixia es mutua, luego buscamos una liberación –necesariamente amarga– en la separación, sólo para volver a intentar otra vez lo mismo. Y luego pretendemos ser felices comprando lo que sea, incluso la apariencia de juventud.

Algunos de estos desastres también nos ocurren por culpa de otra confusión, quizá la mayor de nuestra civilización: confundimos posesión con disfrute. Un buen ejemplo es la anécdota, apócrifa o no, de cuando el magnate colonial británico Cecil Rhodes, hipnotizado por el brillo de las estrellas, rabiaba por no poder poseerlas, como poseía la mayor parte del comercio mundial de diamantes. Esta anécdota la leí en un buenísimo artículo de Santiago Alba Rico en rebelion.org.

Estamos ante la coyuntura inédita en que bien nos valdría aprender a discernir la posesión, generalmente excluyente, del disfrute, generalmente compartido. A partir de eso quizá no sea tan difícil empezar a compartir y cooperar, en lugar de repartir mal y competir. Poco tenemos que perder porque por donde vamos, me parece a mí que no vamos bien.

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