Todo es machismo

Hace años que leí este chiste:

Una mujer, aburrida del dia de pesca con su marido, coge la barca mientra él duerme la siesta para leer tranquila. Entonces se acerca un guarda en otra barca y le dice:

  • Señora, le voy a tener que poner una multa por pescar en este lago, en el que está prohibido en esta época del año
  • ¡Pero si no estoy pescando! Sólo estoy leyendo. Ni siquiera sé pescar.
  • Ya, bueno, pues tiene en la barca todo el equipamiento necesario para pescar, así que me parece que le voy a poner la multa de todas formas.
  • Pues entonces le voy a denunciar por violarme.
  • ¿Cómo? ¡Pero si ni la he tocado a usted!
  • Ya, pero tiene usted todo el equipamiento necesario para violarme, así que creo que le denunciaré de todas formas.

Creo que me llegó por carta electrónica, acompañado de una “moraleja”: nunca te fíes de una mujer que lee. El chiste es bueno; la moraleja, no.

Esto viene a cuento de que esta situación, que era un chiste, casi se ha convertido en una línea de argumentario real en manos de una serie de feministas fanáticas que se han llevado el concepto de feminismo a donde yo no las pienso seguir.

No sé cómo de larga es esa serie, ya que básicamente sólo conozco a unos pocos especímenes: Rosa Montero, que lleva décadas viviendo de este cuento; algunas redactoras de la revista Píkara, básicamente por su colaboración con eldiario.es; y una Twittera venida arriba llamada Barbijaputa, muy visible en eldiario.es, donde se la puede encontrar a menudo provocando incendios (“gracias” a los bien-pensantes de la mencionada publicación, de la que, no obstante, somos socios en casa). Ella cree que está limpiando, pero yo creo que es por pura piromanía. O quizá es por estupidez, como los que inician un fuego por limpiar y acaban quemando un bosque.

Igual que el PP ha usado esa estrategia de equiparar o enlazar con ETA todo lo que no les gusta o conviene, estas feministas tachan de machismo todo lo que les apetece, con o sin mucho fundamento, porque muchas veces la reflexión brilla por su ausencia.

Otras veces, lo que se echa en falta es un mínimo de ecuanimidad, porque trazar una línea clara que pone junto todo lo malo y lo masculino a un lado, y todo lo inocente y femenino a otro lado, es de clara deficiencia moral e intelectual, o dicho en plata: de tonta y sinvergüenza. Y de juzgado de guardia. Pero en ciertos sectores cuela gracias a la corrección política y a una lamentable tolerancia con la intolerancia y el fanatismo, sólo porque es una causa de izquierdas. Así se ha mantenido tanto tiempo Rosa Montero en El País Semanal, siendo una mala escritora y una intelectual muy poco. Creo que de igual forma pretende Barbijaputa navegar perezosamente a favor de la corriente. Pero no me preocupa su pereza, sino su veneno cizañero, y el hecho de que no contribuye a curar lo más mínimo.

Su objetivo es que “nos pongamos sin reservas del lado de las víctimas” (sacado de sus propias palabras), pero en realidad lo que pretende es que la sigamos sin rechistar, de manera muy marcial. Quizá no sea consciente de eso, como no lo es de ser una fanática. Parece pretender que todos los hombres bajemos la cabeza, nos auto-inculpemos como agresores en potencia, o como colaboradores necesarios, o como culpables de omisión de auxilio, o lo que sea menester, y sólo porque somos hombres. Punto. Sin importar trayectoria, ideología o actitud. Cuando eres un hombre plenamente consciente de todo esto, porque te ha educado una feminista y porque has observado el panorama y has reflexionado sobre ello, y cuando la mayoría de mujeres que conoces son más machistas que tú, y aún así te has cruzado con más de una y dos cretinas que son capaces de llamarte machista en tono coloquial y sin casi conocerte (y sin reflexionar; hasta ahí podíamos llegar), por motivos tópicos pero equivocados, símplemente porque llamar machista a un hombre sale tan barato como llamar nazi a un alemán; pues, cuando tienes ese perfil, y una feminazi te quiere meter en el mismo saco que esos malnacidos que tratan a los seres vivos (mujeres, niños, animales…) como cosas que les pertenecen y con las que pueden hacer lo que les de la gana, pues puede pasar que se te encoja el estómago.

Es una actitud tremendamente polarizadora, que pretende descalificar a todos los que acabamos quedando entre l@s machistas y ese feminismo, no ya radical (que no me parece algo malo en sí mismo) sino fanático; descalifica incluso a quienes rechazamos el término feminismo porque preferimos pensar en términos de igualdad y porque creemos que al feminismo se han apuntado muchas mujeres que, por miedo, frustración o sufrimiento, han optado (inconscientemente, o no) por el odio, ni más ni menos: la misandria. Ellas lo niegan; ya, bueno…

El fanatismo polarizador dificulta el diálogo, la empatía, el encuentro, la reconciliación… ¿De qué sirve, pues? A Rosa Montero y Barbijaputa, para vivir sin pensar mucho. Por lo demás, sirve para echar leña al fuego de la enquistadísima guerra de los sexos. No indica la dirección hacia una solución. No ayuda en absoluto. Antes al contrario: nos lleva hacia un contexto que favorecería la aparición de personajes como el de Tom Cruise en la película “Magnolia”, buitres que se aprovecharán de la frustración de hombres que se sienten culpables por ser hombres y sentir como tales, cuando todo lo masculino sea machismo.

La vocación de censoras de estas señoras nos dejaría sin sentido del humor y con la formas de relacionarse entre hombres y mujeres estrictamente reguladas en espacios comunes como el trabajo y las escuelas. Y es que la censura y la vigilancia punitiva no son substitutos para el sentido común y la educación. ¿Un chiste (por ejemplo, el del inicio de este artículo) es machista? Ante la duda, censurado. Así ha comenzado una caza de brujas (sí, ya ha comenzado, y tú sin enterarte) que ya se ha cobrado alguna víctima. Se puede argumentar que estas víctimas no tienen ni punto de comparación con lo que se llevan las víctimas de la violencia machista (que es un problema real y grave que estoy muy lejos de querer negar o minimizar); pero no es una comparación legítima: las víctimas inocentes no se deben justificar. Y esta vigilante actitud no ataca los verdaderos problemas de la opresión femenina.

Sé de al menos dos víctimas de esta caza de brujas:

1 El speaker del Bilbao Arena

En agosto de 2014, el animador que hacía, en la cancha del BEC de Bilbao durante un partido del mundial de baloncesto, lo análogo a lo que Rajoy en la segunda sesión de investidura (o sea, decir paridas y chascarrillos para animar a la afición, cobrando por ello), hizo un comentario que Maitane Junguitu, una feminazi de pro, consideró machista. Eso le costó el trabajo al torpe mozalbete. Sobre este suceso ya se ha dicho de todo; la primera entrada que encontré en Google ya decía lo que yo pienso, y supongo que muchas otras también. A mí me parece evidente que entre todo lo que había de machista (la propia existencia de la animadoras, su elección musical, la escasísima atención que se presta al deporte femenino frente al masculino, etc. y más etc.), el comentario del muchacho no era un problema, sino una consecuencia natural del contexto; es más, ni tan siquiera era un comentario machista, sino un comentario en voz alta de lo que probablemente estaban pensando muchos de los espectadores masculinos allí presentes. Lo que viene a significar que su destitución fue un triunfo de la más hipócrita y neo-puritana censura.

Pero, es que es tan difícil combatir los elementos de verdadero machismo que había en aquella cancha… qué pereza, ¿no? Era más fácil ir a por el atolondrado microfonero, que era presa fácil. ¿O sería algo de conciencia culpable por la evidente contradicción que Doña Junguitu manifiesta al decir que respeta a las animadoras y que, además, les hizo una entrevista?

Ahora podemos entender mejor de dónde sale ese estereotipo de que los vascos no ligan porque tienen miedo a las mujeres (nota pertinente: los tópicos no salen del vacío, y muchas veces son exageración de una realidad, pero no falsos).

Este caso da para mucho, y en su día me quedé con gana de escribir un artículo dedicado a él, y ahora que me he lanzado me cuesta parar. Pero ya que estamos, haré un par de añadidos:

  1. La supuesta “periodista” le aféa al animador, además del machismo que sólo está en su cabeza (la de ella), un mal uso del inglés. Probablemente, si es un español normal. Curiosamente, ella, en su artículo, dice que el speaker (así, a pelo) “introdujo” a las Dreamcheers. ¿Las introdujo? ¿O las presentó, que sería la buena traducción del inglés to introduce?
  2. Ya que estaba, también criticó su uso español por decir “miembra”. Quizá no sepa esa fanática que tales barbaridades nacen justamente de patinazos de políticos y periodistas bajo la feroz imposición del “lenguaje inclusivo” feminista. Tampoco en este caso la culpa es del chaval, a quien no le supongo autoridad lingüística.
  3. El último párrafo de este venenoso vituperio dice que seguirá “apostando por la visibilidad de las mujeres en el baloncesto masculino”… Pero, ¿qué dice esa loca? ¿No sería mejor que apostase por una mayor visibilidad de las mujeres en el baloncesto femenino, tan ausente de tantos medios?

Ah, pero esto sólo va en una dirección: las mujeres son libres de decir lo que les de la gana sin censura. Ejemplos, unos cuantos sólo en “El Club de la Comedia”; ahí va uno: “para encontrar un hombre interesante en una biblioteca lo mejor es quemarla y esperar a que vengan los bomberos”. Nadie se escandaliza por eso; al menos, no en mi entorno y en los medios que yo consulto. Imagínatelo al contrario.

2 El guionista de la campaña #LaSuerteDeQuererte

El Corte Inglés encargó al guionista y director Roberto Pérez Toledo cinco anuncios relativos al amor y la pareja. Uno de ellos le explotó en las manos. Se le acusó de “normalizar el control de la pareja en las redes sociales”. Sin haberlo visto, ya sabía que alguien estaba meando fuera del tiesto (y eso que se sientan para mear); después de verlo, es peor de lo que pensaba. No el anuncio, que no me interesa lo más mínimo, como no me gusta ni me interesan El Corte Inglés ni el día de San Valentín. Lo que es peor de lo que pensaba es la reacción ultra-feminista, ya que el anuncio es cuidadosamente aséptico.

Este caso es un ejemplo realmente agudo de un problema intelectual de nuestra cultura: las normas que se formulan con un “se empieza por A y se acaba por B“. Generalmente son inferencias realmente idiotas que aprovechan nuestra pereza mental para poner dogmas donde debería haber sentido común y crítico.

También demuestra claramente cómo nos estamos rodeando de minas explosivas unos a otros, hasta que lleguemos a un punto en que no podamos movernos. Es enfermizo, y es el resultado de seguir, hacer caso, incluso obedecer, a l@s fanátic@s. En este tema, el feminismo, muchos lo hacen por otra manifestación de incapacidad o pereza mental: porque feminista es lo que se supone que hay que ser, y lo son sin revisión crítica.

3 Tú podrías ser el siguiente

O Risto Mejide. Y ya empieza a joderme que parezca que “me pongo del lado de” gente que no me gusta, interesa o simpatiza. Pero a veces el despropósito y la injusticia le ponen a uno en estos papelones.

En una de sus últimas bacanales, Barbijaputa retomó un asunto en el que estuve mayoritariamente de acuerdo con ella, pero volvió a no acertar con el tiesto. Es parte de su “encanto”. Esta vez arremetió contra Mejide porque no le vale nada que no sea la rendición incondicional a sus postulados (los ultra-feministas). Lo crucificó por preguntar sobre su peso a una cantante (Amaia Montero) y a una presentadora (Cristina Pedroche; reducirla a “presentadora” para resaltar el machismo es también un truco, pues también es modelo y otras figuras híbridas aplicadas a gente guapa).

Sin embargo, qué curioso, el machismo no estaba en las preguntas formuladas por Mejide (aunque su estilo borde, que es parte de su personaje, lo hiciera parecer), sino que precisamente él sacaba el tema para poner sobre el tapete de la entrevista el machismo del que son y han sido víctimas tantísimas profesionales de diversos campos, y que radica en la presión que se ejerce sobre su imagen por parte de tipos que, muchas veces, bien parecen ser puramente misóginos, porque son los que pretenden imponer (y por dios que lo consiguen, y sigo sin acabar de entender cómo) un modelo enfermizo de cuerpo femenino. De hecho, buena parte del asunto con Cristina Pedroche era esa distancia entre un cuerpo femenino sano y el pretendido por no sé qué modistos.

Por eso es peligroso dar altavoces a gente que dispara primero y pregunta después, fanáticos de descalificación fácil que señalan el objetivo del próximo auto de fé sin pensárselo dos veces.

Tiene gracia que ella, precisamente ella, hable de efectos contraproducentes, cuando eso es, en mi opinión, lo que define su apostolado. Un último ejemplo: hablando del programa que Salvados hizo sobre violencia de género lamentaba que no se explicase en profundidad “qué es eso del patriarcado, palabra que parece que nos hayamos inventado las feministas y que muy pocos toman en serio a día de hoy”. No contribuye a tomarlo en serio (y yo lo hago) que la misma autora diga que es “un sano hijo del patriarcado” (esta expresión se está sobando demasiado) un tipejo dispuesto a pudrirse en la carcel por dominar y asesinar a una mujer a la que conocía de ¡¡dos semanas!!.

¿El miedo al feminismo? ¿Y tú lo preguntas, Barbijaputa? ¡El miedo al feminismo eres tú!

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